por Jorge Arroita

— Buenos días.

— Buenos. Sí, espero que lo sean, en algún aspecto.

— Para mí sí, vaya… Es un gusto entrevistar a alguien de su calado.

— ¿Calado? Uhm. Bueno, si así quiere expresarme…

— Sí, y eso es también lo que me gustaría hacer con usted. Calarlo. Porque, para mí, es usted un verdadero misterio… Bueno, o no usted: su obra.

— ¿Mi obra?

— Sí, su obra.

— Si la quiere llamar así, también. ¿Y qué cree usted que tiene de misterioso? Nunca soñé con accidente semejante, como siempre he dicho tantas veces. Siempre dejé todo a la vista, a plena luz de la palabra, y nada más…, como ya les he dicho a tantos otros criticuchos que han ido pululando tras de mí en diversas ocasiones…

— Entiendo que tanto la intromisión como la dejadez de las formas de tanto interesado buscahistorias descontentan el ánimo del artista, al igual que supongo que estará cansado de escuchar siempre las mismas preguntas infinitamente repetidas. La primera, supongo que será cuál es ese gran e inmanifiesto secreto de su obra, que algunos quieren develar como si fuera el santo grial… De hecho…, y por ello mismo, no he preparado pregunta inquisitoria alguna, para así-.

— ¿Le gustan los acertijos?

— Sí, la verdad. Desde pequeño me-.

— Le propondré uno, a ver si le gusta. Y si es capaz de resolverlo, claro, que estoy seguro de que lo será: “¿Qué es aquello que es pensante, pero no puede ser plenamente pensado?”

(…)

— Dios, supongo.

— ¿Está seguro?

— Creo que sí. Pues es el máximo ente pensante, y podemos pensar en la idea de Dios, en sus nombres o sus cualidades, pero siempre serán una expresión lingüística, entiéndase: una aproximación humana y finita de lo que realmente es Dios, que es un ad infinitum cualitativo. Con lo cual…, la plena esencia de Dios es verdaderamente impensable, solo aproximable orientativa o simbólicamente respecto a lo que las escrituras dicen de ella y lo que percibimos del hombre. Es decir, si… Vaya, así tal cual lo han defendido diferentes apologetas de la iglesia, en siglos ya bien relegados a los intereses de nuestro tiempo.

— ¿Si qué? ¿Si Dios existiera, dice?

— Eso sería decir que no existe.

— Lo sería, sí… Pero le tengo una pregunta. Entonces, si Dios es un ente pen-…, bueno, según usted, “el mayor ente pensante”: ¿no sería entonces capaz de pensarse plenamente a sí mismo como sujeto pensante?

— Sí… Supongo que sí. He pecado de visión antropocéntrica y de escolásticas harto comunes, sí, en lugar de en lo que su acertijo comunicaba expresamente. Puede echarme eso en cara, si quiere.

— No hombre, no es cosa de echárselo en cara. No se le ocurra pensar eso. La sustancia y el objeto de mi proposición no se hayan en su persona. Se hayan en la idea misma de tal paradoja. Como mucho podría estar atacando a una idea, lo cual es un motivo dialéctico bastante curioso, pero no a usted. Al igual que usted puede calibrar sobre mi obra, o criticarla: lo cual, en principio, no me ofenderá en absoluto.

— ¿Y entonces? ¿Cuál es la respuesta?

— Todo aquello que sea pensante, pero no pueda ser plenamente pensado. Bueno, podría añadir “incluso por sí mismo”, pero sí. Era fácil, en verdad…

— Está manipulando las reglas del juego desde su posición de autoridad. No vale establecer esa reducción al absurdo y quedarse tan ancho.

— ¿Y por qué no? Creo que yo mando en las normas de mi juego. Si no, búsquese el suyo.

— ¿No soy yo el entrevistador? Debería estar usted replegándose ante las del mío.

— ¿Lo es? Hasta ahora ha respondido usted a más preguntas que yo.

(…)

— Supongo que esto nos lleva al dilema de quién el creador y quién el creado, quién es el autor y quién el personaje, quién el escritor y quién el lector…, quién el entrevistador, y quién el entrevistado. ¿Estamos en tal caso ante un deporte dialéctico, en el que peleamos por nuestra hegemonía y nuestro rol en la partida?

— ¡Vaya! Sí que es usted perspicaz con sus deducciones. Mire, me gustaría proponerle otra cosa, a causa de mi acertijo: ¿cuál es la esencia de Dios como actante?, ¿cuáles sus cualidades y sentidos? De hecho: ¿piensa Dios, o es solo un sujeto del verbo, del acto, del suceder? Y en el otro lado: ¿es incluso un mero ente observante, pasivo? Asumiendo que existe de forma axiomática, ya que desde la óptica de nuestras experiencias de vida no parece interactuar mundanalmente, y no podemos por ello afirmar así su existencia, siendo indemostrado e indemostrable… Se entiende entonces que debe ser creador: ¿consciente? Pero es aparentemente una deidad latente en el mundo terreno. Podría plantearse, entonces: ¿puede realizar acciones humanas como pensar u observar, o el concepto de Dios implica tan solo ser el estático actante del móvil suceder del universo? En tal caso: ¿tiene categoría de sujeto, o es más bien solo una energía, algo que proyecta una fuerza o movimiento? Es más: ¿es Dios, entonces?

— Interesante proceso lógico, aunque tenga algunos agujeros. De todas formas, detengámonos con las discusiones de catecismo, ya hartamente tratadas por muchos tantos otros. Hay cosas más novedosas e interesantes hoy en día de las que conversar.

— ¿No le interesan? O es que quiere dejar algo de lado. O atrás.

— Simplemente, podemos encauzarlas por otras riberas. ¿Cómo llevaría usted ser un personaje ficticio? Ser el creado, en lugar del creador, como acostumbra a serlo-

— Supongo que no “lo llevaría”, en tal caso. Sería yo “llevado”.

— Solo que supuestamente su propia persona es también “llevada”, de acuerdo a esa concepción religiosa que tratábamos antes. ¿Por qué está seguro, pues, de su libre albedrío? Al fin y al cabo: cómo considerar que tú eres el verdadero actante, y no una marioneta rehilada, con todo su devenir ya predeterminado. Cómo considerar que no eres una figura pintada por otro pincel, y sí aquel que delinea sus propios trazos. ¿Por qué debería ser así? En verdad, solo hay futuro, según lo entendemos, cuando hay progresión unívoca en el tiempo y en el espacio, por lo que, desde nuestros ojos parece haber libre albedrío, pero desde una vista vertical solo hay una solución: somos un logaritmo de arduo cálculo, pero que siempre va a ejecutar la misma respuesta en el mismo instante. Siempre vamos a interactuar de la misma forma al ser introducidas en nuestro sistema exactamente las mismas variables, y el resto es una mera ilusión falaz que ocurre en nuestras cabezas. Desde la lógica más fría y racional, estamos determinados y existe casi más el destino, como lo entendían los griegos, que la verdadera libertad de acción, como defendemos hoy en día.

— En esto último, no puedo estar más de acuerdo con usted: eso sí, desde la lógica más fría y racional, por supuesto. En mi vida personal prefiero adscribirme otros valores y condicionantes, por mera funcionalidad pragmática: ¿qué sacaría en claro de visualizarme como un esclavo? Preferiría vivir en una mentira útil, que en una verdad prometeica… Respecto al resto, a mí me gusta pensar que todos somos parte de un cuadro, y que a su vez todos estamos todos pintando uno, de una forma u otra. Pintar otros lienzos nos hace pensarnos en el papel del actante o incluso del demiurgo: del que teje o construye, en lugar del que es tejido o construido, cayendo en la gran falacia ontológica del ser. Al final, siempre es un enredo del ego sobre la conciencia. ¿Y usted, cómo se siente al respecto? Bueno, hablado lo hablado, yo creo que ya podemos tutearnos, ¿no cree?

— Me parece perfecto. Yo… La verdad es que, de cierta manera, siempre me he sentido con cierta… “Conciencia de artista”, de escritor. Es decir… Y creo que puede ser tanto una grave tara, como también un mecanismo altamente útil, pragmáticamente hablando. Pero…, en ciertos momentos de mi vida he vivido situaciones en las que, por así decirlo, tener la conciencia de un aprecio artístico o ficcional sobre lo vivido me ha llevado a superarlas, o al menos a visionarlas de una forma diferente: como desde fuera, disipando fuertes sensaciones negativas que había experimentado. Me refiero… Una vez, siendo mucho más joven, tuve que actuar en una representación de teatro. Al principio, estaba desencantado con darle vida a esa máscara, haciendo el ridículo al impostar algo falso, que no era yo y que claramente se notaría como tal, y tener que demostrar tanto ante gente a la que preferiría no estar viendo siquiera, personas para mí que representaban ciertos ideales marchitos que estrechaban alrededor de mí tantas cadenas: imposiciones que nunca quise aguantar, que no quise siquiera nunca pararme a pensar. Y sin embargo, al tener que salir a escena, me invadió una especie de epifanía colectiva, artística, que me hizo disfrutar al máximo de ese mecanismo social y orgánico de la obra. Salí prácticamente con ganas de que hubiera otra pieza tras ello, y otra, y otra… Una vez se disolvió el ateneo, todo lo que quedaba eran almas vacías: todo aquello que había compuesto esa manifestación trascendente e ideal, se había disuelto en contingencia y ordinariez, en cosa de segundos. En ese momento me alejé de todo posible contacto humano, sin saber si simplemente quería otra aventura imposible como la que acababa de vivir representando esa ficción, o si tan solo sentía rabia, pura cólera, por ver que ese espejo impostado era más puro y veraz para mí, que la propia realidad misma, carente de verdadera alma y esencia, decadente y falaz. Pero, de repente, todo ese enfado y esa impotencia desaparecieron, como evaporados, cubiertos por un translúcido velo, como aplastados por un poder superior y magnificente. Llegué a pensar si tal fenómeno era propio de lo sacro, pero creo que he llegado a comprender que era un estímulo estético y psicológico plenamente procedente de lo profano, y que realmente en él penetraban y se nutrían mis raíces, en lugar de en todas las malas hierbas teológicas que me habían rodeado durante toda mi infancia, y toda la escolástica jesuita que había conformado mi educación desde tan joven, siendo incapaz de entrever las sutiles trampas de ese juego al que me habían obligado a jugar desde siempre, sin preguntarme siquiera si era lo que yo quería…

— Me siento impresionado, y conmovido. Al escuchar palabras tan profundas y sinceras de alguien sobre sí, compartiéndolas conmigo. Aunque no suela hacerlo, me siento en el deber de abrirme más de lo debido contigo, pues no sería justo no respetar una complicidad tal… El caso, con eso, ¿quieres decir-.

— No suelo ser tan sincero en estos tiempos… Pero ya que estoy por una vez con usted discutiendo temas tales, casi me apetece serlo, sin necesidad de llevar cerveas de más encima… Quería decir, que…, a veces, prácticamente me veo a mí mismo como un personaje. No desde la posición de un autor, creador, sino prácticamente desde la conciencia de mi propia ficcionalidad estética, ya sea como persona o personaje. Y creo, que eso le hace a uno apreciar cosas negativas de la vida, o incluso horrendas, al ser capaz de observar la potencia de su profundidad, de sus contradicciones, de su impacto… Y ser capaz, por ello, de identificarlas, diseccionarlas y comprenderlas en su completa hondura, e identificarlas como un hecho perfectamente literario con una funcionalidad psicológica y artística. Y ser capaz, por tanto, de representarlas o tratar sobre paradigmas similares con verdadera esencia: con el verdadero ánimo que todo artista debe tratar de aprehender y lograr en su obra.

— Interesante. Realmente interesante. Debo decir, que yo lo veo con otras lentes, desde una óptica paralela, a la vez que para nada equivalente. En mi interior, la pulsión que más fuerza ejerce no es la del espejo o el autorreflejo, sino la del cristal refractado o el caleidoscopio: o más bien, simplificando, la de la ventana. Ser capaz de observar mundos inaprehensibles a mi propia experiencia, ajenos, a través de la empatía emocional e intelectual que permite la mente creativa y observante. Ser capaz de deducir con una completa capacidad de empatización que permita poder entender el paradigma alterno; pero a su vez, fríamente, con lógica racional absoluta, para llevar a cabo su correcta autopsia. Macerando esa fuerte capacidad empática desde una lógica metálica que sea capaz de expresarla intelectualmente, sin deturpar su contenido a través del filtro emocional que te conmina a comprometerla. Siempre me sentí demiurgo constructor de historias, transmisor de sensaciones, transpositor de ideas, y no un elemento interno de las mismas. Lo cual, curiosamente, nos lleva a cristalizaciones similares, desde cristales radicalmente disímiles.

— Podría decirse que sí… Y creo yo, desde ello, que la consecuencia irresoluble, la última condena del artista, es la soledad y la alienación. No la soledad real, pragmática, sino la soledad que proviene del sentimiento de diferencia respecto al resto, de pertenencia a otro mundo o estrato. Que, como decías, proviene de una fuerte capacidad de empatía, pero observada desde unas lentes transparentes y frías que te hacen ver todo aquello que puedes aborrecer: resultando en que el máximo grado de empatía conlleva la soledad más interna y profunda, paradójicamente…

— Entiendo el punto, aunque…, no lo comparto. A mí personalmente me genera un interés especialmente vívido por las personas, equivalente al de los personajes de ficción: míos o no. Me genera que, en toda figura, por mucho que sea capaz de apreciar sus deformidades, taras y maldades, también sea capaz de observar sus aristas más singulares y bellas como poliedros complejos, consiguiendo casi de cualquier persona mi máximo interés, al igual que creo que cualquier vida o cualquier encuentro, en su contexto y su particular desarrollo, es potencialmente la más alta literatura, la más adecuada ficción. Lo cual, al fin y al cabo, es el hecho de toda vida: toda situación, toda vicisitud, todo desarrollo posible, según los seres humanos somos capaces de comprenderlos.

(…)

— ¿Y cómo y qué conforma esta visión en tu literatura?

— Solo te responderé a esto, y como yo considere, mientras no ahondes más a partir del límite que yo imponga. Mientras nada de esto sea transcrito ni publicado en ningún medio, y con una sola condición más: debes hablarme después de tus fantasmas, especialmente del problema que parezco ver en ti, con la religión.

— … Trato hecho, entonces. Adelante.

— Creo que la clave de toda existencia, y por tanto, de toda literatura, es el misterio: ese interés por desvelar lo que parece indesvelable, el juego por componer el gran rompecabezas con lo que parecen fragmentos vestigiales descompuestos por el suelo, tratando de buscar la coherencia absoluta desde la completa inconsistencia, y hasta, si cabe, no encontrándola nunca. Comprende…, usted, pues, que desvelarle el gran misterio de mi obra sería precisamente aniquilarla aquí mismo con estas mismas palabras. No puedo ofrecerle más puntas de donde deshilachar las enraizadas hebras del tapiz, pues lo importante termina siendo la figura que hay en él, y no cómo los hilos han sido enhebrados por detrás, aunque sea lo que todo el mundo quiera tratar vanamente de averiguar. El secreto de mi obra busca mantenerse oculto a simple vista, porque si fuera evidente perdería su halo, y si no estuviera patente en la propia superficie del tejido, se volvería ininteligible y perdería el sentido que toda literatura debe tratar de transmitir. La obra es un totum orgánico que tiene su propio órgano de vida, al igual que lo tiene usted, el cual no pertenece a la forma o al contenido, sino que es su esencia per se, y que permite lo mismo que se le permite a toda vida como condición inecuánime de serlo: metabolismo, y posibilidad de reproducción. Como la vida, el texto es, en sí mismo. ¿Y qué es aquello que es pensante, pero no puede ser plenamente pensado? El ser. Todo aquello que adquiere conciencia propia de su existencia, y se cree conocedor, pero que aun así está inevitablemente condenado al desconocimiento, puesto que siempre habrá calado un fondo en negro detrás de todo lienzo que el conocimiento sea capaz de componer: por mucho que este satisfaga, y por mucho que realmente parezca el último badén en el que hacer pie… Todo sistema autorreferencial siempre termina cayendo en el problema de la inconsistencia o de la incompletitud, cuando vuelve la vista sobre sí mismo; y al final, la verdad postrera es que ni siquiera seremos nunca capaces de llegar a conocernos a nosotros mismos.

(…)

— Entiendo… Supongo que el ser humano debe ser ciego, para tratar de aprender a mirar; o es que tal vez tenemos que aprender a mirar, para darnos cuenta de que somos ciegos.

— Estoy sorprendido. ¿No quiere ahondar más? ¿No tiene nada más que preguntar?

— No.

— Grata palabra, en ocasiones. Un “no” a veces significa más que lo que suprime de significar… Es tu turno, pues. Cuéntame aquello que te perturba, de lo que me he percatado escuchando tus respuestas… Cómo es, que siempre que nos impera la duda, respondemos aquello que más nos obsesiona, ¿verdad?

— Sí, supongo. Al final, lo que hace el artista con su arte, no es otra cosa que comunicarnos reiteradamente sus mayores obsesiones, plasmar en las páginas sus justificaciones, tratar de ofrecer significado y de encontrar complicidad en otros, a través de su trabajo. Supongo que es inesquivable, al igual que el ego del artista, siempre queriendo comunicar y enseñar al resto: tomando la vía unilateral, mirando desde arriba… A veces quiero esquivar esos caminos, pero me acabo perdiendo en el laberinto, y de repente veo a mis pies recorriéndolos de nuevo.

— Comprendo.

— Sí, bueno, quiere que le hable de mí, parece… Tiene bastante que ver, en el fondo. Haber nacido donde he nacido y haber vivido como he vivido me ha marcado como todo lo que soy hoy en día. Supongo que igual que te habrá pasado a ti. Mi sistema funciona como funciona por las variables que le han sido introducidas, y sobre todo por cómo las ha procesado para imprimir los productos o respuestas que resultan de esa transposición. Y tales son mis ideas, y tales son mis obsesiones… Últimamente he estado viviendo en París por un tiempo: escribiendo por mi cuenta, y trabajando para el periódico, por lo que me hallo aquí. Creo que eso me ha ayudado, al separarme de mi contexto original y poder ver las cosas desde otra perspectiva, nutrirme de otras tradiciones y formas de ver el mundo. Y es lo que dije ya… Creo que, en verdad, antes siempre había estado bajo un velo que me impedía ver, o que más bien filtraba toda mi realidad, pintándola del color de su cortina. Y en los últimos años, sobre todo ahora, tras dejar mi tierra natal y empezar ciertamente a dedicarme a aquello que amo en lo más hondo de mi ser, creo que he sido por fin capaz de quitarme ese velo, al menos en buena parte, y ver las cosas como de verdad quiero verlas, sin tales restricciones. Y he comprendido que mi objetivo en la vida tiene que tratar de esquivar aspectos constringentes como la familia, la patria o la religión, que siempre hemos tenido encima, diciéndonos qué debemos hacer o cómo debemos pensar…, aunque creo que también debemos aprender de ellos, porque no tendría sentido solo rechazarlos, sino que también debemos entenderlos, y que ese rechazo comprensivo nos haga evolucionar. Y creo que ante una existencia aparentemente falta de significados trascendentales, debemos primero entendernos a nosotros mismos y ser capaces de construir el nuestro propio, para tener así una razón para vivir, y no recurrir al restante suicidio, o darnos cuenta a mitad de nuestra carrera vital que somos algo que nunca hemos querido ser, que siempre hemos bailado al son de lo que otros nos marcaban, en vez de escribir nuestra propia sinfonía. Y creo que mi pulsión es el arte y la escritura, aquello que verdaderamente me apasiona y me llena, y que en ello está mi razón de ser: en un motivo personal y propio de lo profano, en lugar de en la sacra razón y el verbo cano.

— Nunca dejamos de lado aquello que superamos o rechazamos, ya sea porque es un aprendizaje necesario para acometer el siguiente paso, tanto porque la negación consciente y obsesiva de algo conlleva una implicación constante de ese opuesto, en lugar de su genuina renuncia y olvido… Un interesante devenir, que me plantea a su vez una interesante pregunta: ¿crees que en el germen de la primera cosa se haya contenido el desarrollo del resto?

— Una tesis difícil de demostrar, pero interesante. Me recuerda al Eureka de Poe: “En la unidad originaria de toda cosa, se halla la causa secundaria de todas ellas, junto al germen de su inevitable aniquilación”. Una metafísica tan lógicamente racional, como racionalmente inaprehensible, me parece. Arriesgada, sí: también, muy lúcida. Personalmente, creo que en toda vivencia y desarrollo hay constantes efectos causa-consecuencia, tal vez imperceptibles para nosotros, pero presentes en toda continuidad temporal, pues es como esta se construye. Remitiéndome a los interesantes y revolucionarios modelos atómicos modernos, y transformando esas tesis al interés de mi idea, considero que toda realidad tiene una carga y una masa, y que la interacción con ella depende de la carga y masa que nosotros poseamos, en función de cómo reaccione con las cantidades y valores que tiene el otro elemento, junto a la dirección y la velocidad con la que colisionamos unos cuerpos contra otros. Podemos, pues, calcular la reacción con algo de lo que conocemos intuitiva o racionalmente sus valores, pero no sabemos cómo van a reaccionar al contacto otros elementos menos manifiestos con los nuestros. Realidades más complejas, o no debidamente conocidas… Porque, incluyendo a aquello que tiene consciencia propia, nada es verdaderamente capaz de ser verdaderamente conocido, ¿no?

— Veo que te ha gustado mi proposición… Aunque diría, que una vez el daño está hecho, lo mejor es adaptarse y fluir con él: aprender de ello, en lugar de re-.

— De hecho, diría que es por ese motivo exactamente, que falla el fenómeno de la educación paternal. Lanzamos nuestras cargas contra otras, forzando el contacto y sin conocerlas debidamente primero, y luego proyectamos nuestros valores sobre ellas, sin tener en cuenta los suyos propios. Sobre todo, queriendo convertirlas en una proyección de nosotros mismos, cuando nos percatamos de que nuestro tiempo es caduco, y que ciertamente no somos ni seremos quienes siempre quisimos ser. Y entonces se convierte en una vía unilateral, no bilateral: incapaz de primero comprender, compartir, y luego ya educar de forma correcta… Y en todo ello se sucede, en el espejo, la gran hipóstasis de lo profano que nunca podrá llegar a ser: el Padre tratando diestramente de transmutarse en el Hijo, pero que nunca será él, y el Hijo tratando vanamente de reconciliarse con el Padre, que es su propio ser.

— Sin duda, ese podría ser un magnífico curso de educación para transmitir un buen legado: de aquellos que pasan de hijos a padres. Me sorprende gratamente que hayas conseguido lograr lo que tantos otros no pudieron conmigo: tener una conversación, en lugar de una entrevista, aferrar esa bilateralidad y no caer en la vía vertical que tanto todo padre, como especialmente todo artista, tendemos a proyectar… Ser capaces de hablar como si fuéramos amigos tratando de aquello que de verdad nos interesa de la forma que nos interesa, en vez de lo que se nos impone por ominoso protocolo. De tal proceso ordinario, es de donde insólitamente surge el verdadero verbo del arte y de la vida: donde brillan las buenas palabras y pasean las emociones e ideas a su propio ritmo y estilo, en lugar de estar prostituidas en una caduca esquina enfocada con demasiadas luces y por un puñado de nuestras propias huellas.

— No puedo coincidir más. Aunque me parece extraño que valores tanto la bilateralidad, desde esa posición de demiurgo en la que te situabas: ¿no es un tanto contradictorio?

— ¿Quién ha dicho que el demiurgo tenga que siempre que situarse por encima? Creo que el verdadero creador siempre debe ser capaz de autodesacralizarse, antes de hacerlo con el resto. Si no, es que no me has entendido. Pero creo que en el fondo sí lo has hecho, precisamente por cómo has sido capaz de conversar conmigo en este juego de ajedrez, deporte, caza o ritual, como mejor quieras llamarlo.

— Aun así…, ha sido usted el que ha marcado el ritmo completo de la conversación, a decir verdad. Que no es que me disguste, vaya… Pero pensándolo bien, tengo que llevarle algo al periódico que me permita publicar, más en esta oportunidad tan especial. Aunque me duela, voy a tener que pedirle a mi asistente que recorte de la transcripción las partes que se refieren a mi persona, que no interesan al periódico. Bueno, y adaptar también sus partes, para poder colocarlo como una entrevista…, una entrevista peculiar y personal, pero en un formato que permita su publicación y que se adscriba a las necesidades del periódico. Porque si no es así, será imposible.

— ¿Y para qué es necesario que aparezca nada en tales páginas? Uhm… Bueno, dura es la vuelta a la realidad, como decía usted de aquella obra de teatro: aunque también, ¿qué es más real, y qué más ficción, entre estas dos cosas? En cualquier caso, supongo que no se puede esperar demasiado de nada, a largo plazo. Dejemos de tutearnos, entonces, y adelante, joven. Pregunte, inquiera, pero sea unilateral, desde la lógica más fría y racional.

— Y qué remedio me queda. Ojalá no tener las manos atadas en este aspecto, pero por desgracia, ya conozco cómo funcionan estas cosas: lo contrario, sería ser un iluso, por mucho que duela.

— Podría inventarse hasta la entrevista entera de su propia pluma, adaptarla a los recursos de los medios públicos, y yo no diría nada, y nadie nunca se daría cuenta. Y esto sería algo a medio camino entre su buena literatura y de la mía, y los arreglos de un obsceno remendador cosiendo el tejido con puntadas de falsas pero llamativas telas. Y aun así, sería algo curioso de leer o escuchar, y no la barbarie que los directivos carroñeros de los periódicos tienden a hacer con cualquier palabra que experimente el regalo de su hiel.

— Tiene razón en el fondo de la cuestión, pero de verdad, que no me queda remedio en este aspecto; al menos, no quiero desperdiciar la brillantez de todo lo ya expresado de su boca. El resto no se preocupe, mi asistente lo adaptará: quitando especialmente la parte que me expresó usted en condición de confesión a mi persona. ¿No hay problema, no, Justo? (…) Okay, perfecto… Bueno, perdone las malas formas de no haberle presentado al transcriptor antes: Justino Gareta, vizcaíno viviendo en París, controla ampliamente inglés, francés y español, y trabaja de corrector de estilo en ciertos artículos, relatos, e incluso de alguna novela.

— Un gusto. Espero que haga lo que pueda y crea que debe hacer.

— Bueno… Terminaré pues, con un par de preguntas del recetario que me dieron a inquirir, para así contentarles al menos, y poder contar buena parte de lo otro. En fin… ¿Cuál cree que fue el punto de inflexión y proyección de su carrera literaria? ¿Qué cree que consiguió en su obra para lograr tal mérito? ¿Cómo le afectó posteriormente?

— Pues si me pregunta… He de recordar que el momento clave fue con mi segunda novela, que ya conoce usted, cuando me di cuenta de que la obra de un autor, es decir, una carrera literaria, no depende de conseguir simplemente expresar una idea o una obsesión en cada obra, y seguir publicando y publicando, no quedarse sin material y tener que ser siempre atrayente, a la vez que tener siempre algo que decir. Es algo más. Es todo un desarrollo, un mismo cuerpo con sus diferentes órganos, el cual hay que saber comprender, y el cual está infinitamente interrelacionado por vías nerviosas y sanguíneas. Conocer y construir de verdad el cuerpo, así como establecer los nexos de conexión, otorgando al “todo” una coherencia interna e íntegra, es el mérito que traté de lograr desde entonces, y que parece que la crítica ha avalado, rodeando mi obra tanto de alabanzas, como de vapores y misterios que yo creo que nunca conseguí por mi cuenta, o al menos que nunca me propuse conseguir.

— Supongo, que como no está dispuesto a desvelarnos esos misterios, podría hacerle otra pregunta: ¿cuál es su mayor voluntad o pretensión respecto a su trabajo?, ¿qué ilusión esperaría encontrar en sus lectores, críticos o estudiosos, con respecto a ese gran cuerpo que es su obra?

— Que me leyeran de verdad. Y bueno, quisiera también contar algo que me contó alguien alguna vez: “Un hombre en un cierto tiempo, trabajaba de artesano de maderas y muebles en un pequeño pueblo. Cierto día, empezó a crear unas estructuras de madera de tamaño medio, que parecían algún tipo de mueble, pero la verdad es que no estaba clara su función, y la gente empezó a utilizarlas para diferentes empleos, adaptarlas a diferentes contextos. Todas ellas eran parecidas, ninguna igual, y generalmente servían en cada casa para aquello que quisiera o se imaginara su dueño, por lo que empezaron a popularizarse, sobre todo por atracción y curiosidad ante la peculiaridad del objeto. La gente le preguntaba que qué eran y para qué servían. Él siempre respondía lo mismo, que quería hacer algo propio y diferente, y le gustó cuando lo hizo la primera, por lo que empezó a crear más, improvisando, variando ciertos aspectos…, pero nunca vio la necesidad de etiquetarlas o de darles un nombre: él solo las creaba, el resto podían hacer con ellas lo que quisieran. Los muebles del artesano se hicieron famosos por todo el pueblo, y otros miembros del gremio se dedicaron a criticarlos, o a alabar su ingenio, o a explicar técnicamente el porqué de sus artefactos, para qué servían verdaderamente, y cómo sus compradores los utilizaban de mal, al no saber del asunto y no ser perspicaces a la hora de interpretarlos. Así, se estableció una discusión teórica sobre para qué servían, que enfrentó a otros tres menestrales, que decían tener cada uno la razón. Ante la perplejidad del artesano, uno de ellos terminó ganando el laurel en la disputa, y le puso nombre a sus artefactos, de acuerdo para lo que ellos, claramente, servían. Con el tiempo, en cada casa terminaron colocándose en el mismo sitio, siendo siempre utilizados para la misma función, para la cual servían a la perfección, como preconizaba su lema. Y así quedaron por siempre hasta que el pueblo desapareció”.

— Esperaba otro final, siendo sincero, pero me ha gustado más así.

— Bueno, en realidad no me acordaba correctamente y lo he improvisado un poco. Es una historieta que me contaron hace tiempo, y me hacía gracia contarla para terminar con esto. Yo, personalmente, creo que nunca la entendí del todo…

— Vaya, en todo caso, ha sido un placer llevar a cabo esta entrevista con usted, y tener contigo tan profundas palabras. ¿Ha terminado siendo un buen día en algún aspecto, como decía al principio?

— En algún aspecto, sí. ¿Y usted, me ha calado a fondo, como quería?

— De ninguna forma, de hecho.

— En tal caso, no hay nada más que decir… A veces, el silencio entre confidente y confesor es la necesaria vía para que sus secretos superen la lógica de lo mundano.

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