Cuántas veces amé con tristeza
-el sentimiento del ser alegre
que vive en su nostalgiay
compartí mesa, cama o camino
con seres que aún amo
o que podría amar siempre.
Esas vísceras de sueños,
esos reductos de realidad
poblados de amigos cercanos,
de padre, madre y hermana
donde alguna vez fuimos tranquilos y felices.
Feliz el tiempo que nos lleva de nuevo
a los campos de olivo de la infancia,
a los campos donde alguna vez imaginé
-sucedió realmente, quién sabelos
primeros pasos de un cuerpo ajeno,
de un alma hambrienta y llena de vida.
Felices esos campos en los que un nuevo material
-el barro- nos hacía olvidar por un momento
la risotada de danzas de la muerte
los últimos días de la adolescencia.

Cada vez que regreso a esos campos,
a las manos de mi madre,
al olor cercano y agradable de mi padre,
a la imaginación de mi hermana
-ahora los miro desde un norte frío,
creyendo, a veces, haber perdido el surconsigo
dejar de mirarme desde fuera
y borrar el exceso de conciencia
-el negro de Baudelaire- y dejarme ser.
Para que alguien en algún tiempo
y en algún lugar futuro pueda decir:
existió un hombre feliz sobre la tierra,
un hombre que amó la tragedia de sí mismo,
el hombre de los ojos más tristes.

por Rafael Ávila Domínguez

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