por Jorge Arroita

Oración en el huerto nos habla tan solo de un instante de reflexión y de súplica, aunque al mismo tiempo también de toda la entidad del mundo en completitud. De un lugar individual, propio y personal de la enunciación hacia el afuera y hacia el otro, pero también de una pluralidad universal desperdigada desde esa voz, una oración ecuménica del ser humano hacia el mundo y hacia los otros, que representa lo múltiple desde lo Uno o lo Uno desde lo múltiple. Cómo saberlo nunca. Una Pluralidad del nombre, como aquel poema que abre el libro, representante de cada rezo, cada jardín y cada contacto de carne a carne. La óptica, pues, es importante. Por ello que el eje deíctico esté tan sumamente marcado en este poemario, con un énfasis especial en el yo, pero más aún en el tú, en la segunda persona, que denota el carácter de petición, aunque sea hacia dentro o hacia la nada, que siempre conlleva una oración. Junto a esa interpelación constante, está el espacio como catalizador de la vista del sujeto lírico hacia el mundo, principalmente representado en el jardín o el huerto, aquel lugar que logra aunar con sutil maestría lo natural o lo comunal con lo individual o lo privado. Junto al ruego alegre o en ocasiones desencantado, aunque casi siempre con un deje hedonista o incluso dionisiaco o anacreóntico, la vista es aquello que acompaña a la palabra necesitada, y a la cual solo prosigue el anhelo del tacto y el amor carnal como última tentativa o compleción. Al final, es esa vista hacia la naturaleza del mundo la que hace de eje actante o soporte entre el ruego del lenguaje y el anhelo de la carne: es la imagen lo que estructura la oración, el espacio que sustenta todo el viaje por medio de una composición de lugar, ejercicio imaginativo de lo privado que transporta al individuo hacia lo universal.

Ya desde la primera parte del poemario, CELEBRACIÓN, queda marcado el sentido de canto a la vida, al mundo exterior al individuo que enuncia, aunque sea un canto tan privado y hecho desde dentro, entremezclando de nuevo las mentadas nociones de lo privado y lo universal, lo Uno y lo múltiple. En todo ello hay un poso de regocijo en cada pequeña realidad y cada gesto, que sin duda recuerda a Hölderlin y sus Cánticos. Estos cantos de celebración, que no solo responden a este apartado sino que son característicos de la Oración en general, tienen dos claras vertientes: por un lado, un canto general al mundo y a su naturaleza; y, por otro lado, un canto particular dirigido al otro, al sentimiento y al amor carnal. Ambas formas son una conexión, por medio del lenguaje, del individuo con su afuera, estructurada mediante dos funciones sustanciales que se efectúan hacia una capacidad de voluntad y liberación, de des-atadura y re-atadura del uno al otro o a lo otro pero en sus términos, siendo especialmente importante por ello la imagen y la prospección como estados naturales de la conciencia, tratando de hallar una armonía en esa hipóstasis tripartita entre el yo, el otro y el mundo.

En todo ello hay una proyección hacia una armonía total. En ocasiones el sujeto lírico se ve en ella de forma plena y en otras falto de ella y en su búsqueda, pero generalmente el estado presentista suele considerarse de forma positiva, el futuro como amenazada de desorden frente a ese orden armónico y natural en el que parece encontrarse, y el pasado generalmente con un aire de ficción nostálgica de la que se busca recuperar algo perdido (aunque dependa del propio poema esa dialéctica orden-desorden). En todo caso, si hay desencanto, la intención del verbo siempre es la misma oración y la búsqueda de esa armonía, buscando una evasión si aquello presente la intranquiliza o amenaza, buscando siempre rearmonizar lo desarmonizado gracias a la carne o, en su defecto, a la palabra. En esa interrelación y en ese anhelo se encuentra el sentido de la oración, y en el paisaje del huerto el de la armonía con lo natural y la idea del encuentro amoroso, tan representado en dicho espacio desde la tradición medieval…

Oración en el huerto es una interpelación a través de una composición de lugar, un hecho imaginativo que apunta hacia algún tú, que depende del mundo del que se rodea con su invención, donde la palabra es importante, pero solo por ser el único sustituto eficiente de la carne, una vez uno solo cuenta con el yo hacia sus adentros, como es en el caso de la oración. Se busca la armonía, por tanto, la armonía en lo natural y lo terrenal, no en lo divino, aunque se conciba la interconexión con todo lo terreno como algo trascendente ya en sí mismo, entendido como la interrelación de las cosas entre sí, pues qué es la conexión sino aquello capaz de superar la mortandad. Quizá la verdadera divinidad, si seguimos un rito panteísta, una physis como la de Simondon o Deleuze. Dirá Juan Gallego Benot, «no quiero la limpieza sino el barro, / no busco la redentora verdad», y aun así, la virtud y la armonía le son dadas al sujeto en la observación del presente y el paisaje, en la composición de lugar del poema. No la búsqueda sino el encuentro, que es lo mismo pero lo contrario. He ahí quizá la cuestión.

La composición de lugar permite al sujeto entender y hallarse sobre sí, aunque con el final de la palabra oracional llegue la vuelta a la realidad. A pesar de que se haya comprendido todo por medio de esa intelección desde lo privado hacia lo universal («Ahora, dios, conozco el despertar»), la vuelta al mundo real lo olvida de nuevo y plantea un nuevo reto («No recuerdo nada. Y ahora sólo el mar / y yo perdido»), mediante una distancia similar a la de la palabra anhelante frente al hecho amoroso y real de la carne. Finalmente, es la armonía de lo fugaz y de lo presente, de todo aquello que vale la pena en el momento y en su interacción con el resto de elementos del mundo, lo que conforma la imagen de la composición de lugar, esa paz y armonía del jardín o del huerto que transmuta lo privado en universal, que crea una tentativa del yo hacia el tú, del uno hacia el otro y también hacia el mundo que los rodea y los mece en su completitud, lo que anhela comunicar la palabra del poeta en este libro, para que así algún otro, en su privado rezo (hacia lo que fuere y del modo que fuere) pueda emular otro sentir, proyectado desde su propia individualidad hacia lo trascendental del mundo, hacia el determinado otro (ese «tú» de la oración) con el que anhela el contacto de la carne, hacia su propia composición de lugar que le otorgue la debida paz y armonía para poder catalizar su expresión verbal. En definitiva, hacia hallar cada uno su eje deíctico, una voz propia hacia el Otro, la oración particular que sintetice nuestros ruegos, que pueda comunicarse con el afuera, al mismo tiempo que halla su armonía en el perfecto lugar de su imaginación. Una composición de lugar, al fin y al cabo, es el puente intangible que comunica, en perfecta armonía y estabilidad, lo particular y lo universal, lo privado y lo comunal. El perfecto movimiento ondulatorio del mundo, entre el repliegue hacia nuestro adentro y el despliegue hacia el gran afuera. Si en el lugar situamos lo que llamamos hogar, en la composición hallamos la que entendemos por armonía, y solo conjuntando ambos aspectos, podemos quizá encontrar la intersección entre el adentro y el afuera. La debida estabilidad entre el Yo, el Otro y el Mundo.

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