por Alejandro Fernández Bruña
Paulina Flores es autora de la colección de relatos «Qué vergüenza» (Seix Barral, 2016), su primera publicación. En estos nueve relatos la autora nos presenta a gente sin trabajo, sin verdad, sin amor, sin padre, sin tía, sin ilusión, sin domicilio fijo, sin oportunidades. A todos parece que les falta algo salvo la propia vergüenza de saberse en esa situación. En 2021 publicó en Seix Barral «Isla Decepción», la que fue su primera novela. El libro nace después de leer un reportaje donde se hablaba de los marineros orientales que ponían en peligro sus vidas saltando de los barcos en los que vivían como prisioneros. De ahí el personaje de Lee, un joven coreano escondido por el padre de la protagonista, Marcela. Encontramos aquí temas que volverán más adelante: la explotación del cuerpo asalariado, la redención y la búsqueda de un hogar, físico y mental.
El otro día presentamos en Letras Corsarias «La próxima vez que te vea, te mato» (Anagrama, 2025), su segunda novela. En ella se nos cuenta la historia de Javiera, una chilena que viaja a Barcelona con una visa de residencia de 10 meses. La narradora nos dirá que más que un permiso parece una advertencia: «Ni guay, ni chungo ni liarla. Piso y alquiler fueron las primeras palabras que tuve que cambiar por las que usaba en Chile». Javiera llegará a una ciudad vacía de turistas por el COVID: «Es que yo nunca había vivido en una ciudad así de bonita. Y a mí me gustan las cosas bonitas», nos dice la narradora, fascinada por la arquitectura y la gente de Barcelona. Pero luego tenemos la otra cara de la realidad, donde la rechazan en varios pisos por latina. No obstante, no hay mal que por bien no venga, y «gracias a la xenofobia fui a la siguiente entrevista por habitación disponible y conocí a Manuel», el chico del que se enamora, que hace una tesis pregrado sobre los boleros en el melodrama de Almodóvar y que está en una relación con Armonía y Laura. Esto supone para Javiera una nueva realidad, pues ella era una polola killer hasta la fecha: «Es que a mí me daban miedo los hombres y por eso necesitaba uno que me ayudara a espantarlos de la vida cotidiana. Además, por supuesto, de que me abriera los frascos en conserva y me jurara su amor incondicional. Porque, aunque no les creía una palabra, era agradable escucharlo».
Así que tenemos a Javiera, una mujer con temor a ser confundida con una turista en Barcelona, la ciudad con mayor número de maletas por metro cuadrado; una mujer desplazada geográfica y lingüísticamente (cuyo animal espiritual bien puede ser una paloma o un caracol, con la casa a cuestas); una mujer a la que la muerte de Armonía, una de las parejas de Manuel, le cambiará la vida. En el terreno simbólico/mítico es perfecto: una vez desaparece la Armonía, es la hora del caos y el desconcierto, de la locura y el desajuste.

La elección de la ilustración de la portada fue una «feliz coincidencia» como dijo Paulina. En ella vemos a un cisne atado que está siendo atraído por una fuerza que permanece fuera de plano. Cuando leemos la información del libro en las primeras páginas vemos que el autor es Marc Burckhardt y que el título es Leda, en referencia al mito. Tiene un apartado en su página web dedicado exclusivamente a mitos.

En este caso nos habla de Leda, la reina de Esparta. En algunas versiones se cuenta que es seducida por Zeus bajo la forma del cisne, aunque en otras se nos habla de violación. CO Leda dará a luz a dos parejas de hijos: Helena y Polux (descendientes de Zeus y por tanto inmortales) y Cástor y Clitenmestra (descendientes de su esposo y rey de Esparta Tindáreo). Sin tener clara la correspondencia de Zeus en la novela, sí que parece haber un paralelismo entre Leda y Javiera. Además, en la ilustración aparece el cisne siendo atraído hacia Leda, invirtiendo el orden o la dirección de seducción: el sujeto pasivo del mito pasa a ser el activo.
Durante la novela leemos que Javiera se sentía «especialmente cohibida por saberse extranjera», como si no tuviera derecho ni a consolar a alguien triste en el metro (como de hecho le sucede). Este miedo o esta represión le llevará a adaptarse al léxico y neutralizar el acento. De hecho, es la primera novela de Paulina que sucede íntegramente en España. En un momento dado la protagonista viaja a México, pero solo se nos cuenta su viaje de regreso. Sobre la obsesión por los pasillos de papel higiénico en el Mercadona leemos:
«En Chile lo llamamos confort, ¿entiende? Como si fuera un privilegio. Aunque claro, también cabe la posibilidad de que los chilenos seamos tan ridículamente presuntuosos que hasta para limpiarnos el culo lo hagamos en francés».
A veces parece necesario alejarse de una ciudad o de un país para poder hablar de él y recordarlo en toda su grandeza o nimiedad. Así, Javiera se muda con Manuel, lo que le llevará a preguntarse: «¿Estamos juntos revolviendo en la basura porque nos queremos o solo somos dos sudacas sobrellevando dificultades juntos porque así es más fácil? ¿El amor es un refugio? Esa duda me entristecía y aliviaba al mismo tiempo. Sobre todo, me enamoró». Volvemos a esa idea ya presente en sus primeros textos de la búsqueda de hogar. Ambos van generando confianza y creando una intimidad común a base de confesiones, hasta el punto de que Javiera termina «encariñada hasta del sonido metálico del cortaúñas» de Manuel y éste comienza llamar confort al papel higiénico. Una intimidad común siempre genera sus propios lenguajes y códigos.
No obstante, a la narradora le sonaban nuevos todos esos conceptos sobre «relaciones modernas», así que deciden hablar de lo suyo (así, en abstracto) para paliar la inseguridad. A lo largo de la narración nos encontraremos con párrafos enteros llenos de preguntas sin responder: «¿Y si solo me hago la poliamorosa porque es mi forma de quitarle jurisdicción a la infidelidad? Es decir, nadie puede abandonarte si la puerta está abierta y el paso es libre». Quizá no haya una respuesta clara para eso. Porque, más adelante, nos dice: «Ocupo el amor libre para evitar la cronología lineal e irreversible de la monogamia: tedio, engaño o ambos». Además, creo que el exceso de este tipo de preguntas puede bloquear en ocasiones la libre circulación del amor. Leemos: «A veces me preocupaba que tanta teoría nos quitara el aura». ¿Cómo compaginar la teoría y la práctica? Siento que las teorías y las preguntas están bien como marco, pero una persona desde luego no es una frase.
En un punto de la novela, la narradora parodia las típicas listas que te dan en los talleres de escritura o que hacen escritores grandilocuentes para resumir la problemática de escribir una novela en cinco puntos. Junto a la lista irónica que hizo Vila-Matas en Perder teorías, pongo bien arriba la lista crítica de Paulina, mi poética a partir de ahora:
«Yo más que punto de vista, tengo miedo de no llegar a fin de mes.
Yo más que saber de tiempos verbales, maldigo mi educación.
Yo más que encontrar temas, estoy enfadada.
Yo más que estructura narrativa, tengo problemas para pagar el alquiler del lugar en el que vivo.
Yo más que desarrollo de personaje, tengo los mismos complejos físicos que tuvo y tiene mi mamá con su cuerpo.
Yo más que estilo, tengo envidia.
Yo más que argumento, necesito un trabajo estable y bien remunerado.
Yo más que crear intriga, estoy desesperada.
Yo más que lenguaje, tengo miedo».

Cuando muere Armonía estando Javiera en México hay un cambio en el personaje. Me parece clave la escena con la pegatina de frágil en su maleta: «Comienzo a despegar mi etiqueta de frágil. En realidad, después de tantos viajes y mudanzas ya está gastada por los bordes. Solo falta arrancar lo más difícil». Pareciera que está hablando de su cuerpo más que de su maleta. «Así fue como empezó el sueño de maldad: en mi mente». Nos citará algunas de las lecturas que le servirán en su empresa: Caín de Byron, Más allá del bien y del mal de Nietzsche, Un estudio sobre la banalidad del mal de Arendt, Los homicidas de Trabucco o las Medeas de Eurípides y Séneca.
Hasta aquí puedo (y quiero) leer. La narradora cita a Sylvia Plath hacia el final, cuando dice que «es importante observar a la gente en situaciones cruciales. Aunque impacten o den asco, hay que mirar hasta que a uno se le quede grabado. Para ella es la forma de aprender.
— ¿De las locas de la calle?». Un método muy propio de Gornick y que veo mucho en tu novela. Ese mirar a ver qué pasa. Ese dejar hacer a los personajes. Ese llevar las cosas al límite para volver. Esa mezcla de ternura explícita y sinceridad desenfrenada que caracteriza a Paulina. Cómo olvidar la escena del cuchillo, del conejo o del conductor fantasma. Pero tienen razón Sylvia y Paulina: hay que quedarse hasta el final. El que lo probó, lo sabe.

Deja un comentario